“Es una historia que sucedió y que leí en los periódicos; una historia de emigrantes. Una mujer gallega que en su vida había salido de la aldea viajó hasta Suiza para ver a sus hijos que trabajaban allí. Los vecinos le escribieron en un cartel la dirección de sus hijos en Ginebra y le colgaron el cartel al cuello. Así la metieron en el tren. La pobre le iba mostrando a todo el mundo su letrero con la dirección escrita para que le dijeran en cada caso qué tren tomar, a qué ventanilla debía dirigirse, en qué cola ponerse… No hablaba mas que gallego y acabó completamente loca tras un viaje que no terminaba nunca. Cuando llegó a Ginebra no sabía quién era ni reconocía a nadie: sólo mostraba su cartelito y gemía, ya ni siquiera hablaba. No la dejaron pasar. Allí, como en todas partes, son muy astutos y asépticos: una mujer en aquellas condiciones, enferma trastornada, no podía entrar en el país, no es rentable, no sirve. Sus hijos tampoco pudieron hace gran cosa. Aquí termina la historia: le pusieron un calmante, la metieron en un tren sin consciencia, y la mandaron de vuelta a la aldea. Leí la historia en los periódicos y enseguida pinté el cuadro que ves; con el letrero es casi suficiente. La tragedia se comenta a sí misma….”.
Unha ducia de galegos, Víctor Freixanes